jueves, 24 de enero de 2013

Y Matarazo no llamó



Por J. Tomás Martínez  Gutiérrez
 
Escrita en París en 1960, según consta en la última página de la novela y publicada por primera vez en 1991, Y Matarazo no llamó narra la historia de Eugenio Yáñez, un oficinista quincuagenario que un día mientras observa una incipiente huelga de obreros, harto de su soledad, de su existencia sin emociones y asfixiado por la apatía, decide romper con su condición de espectador y solidarizarse con su prójimo. A hurtadillas se acerca a un contingente que hace guardia una fría y lluviosa noche. Con cierta sorpresa observa que aquellos hombres no lanzan discursos ni planean la toma del poder, se quejan de no tener, una noche más, ni un cigarro para pasar las horas. En un acto que lo sorprende a sí mismo, Yáñez decide ir a la tienda y comprar varias cajetillas de cigarros, de diversas marcas para que los obreros puedan escoger los de su preferencia. Yáñez es recibido como uno más en el grupo, un simpatizante quien, pese a su inexperiencia, tiene potencial. En la militancia política, como en las hagiografías, los conversos pueden terminar siendo los grandes pilares de la fe renovada, o al menos eso le dan a entender. A partir de ese momento, Yáñez establece un vínculo con aquellos hombres, un grupo que se muestra gradualmente más heterogéneo de lo que se había podido imaginar el protagonista. Con el grupo de obreros, un día aparece en su departamento Matarazo, un enigmático hombre cuyo lugar en el grupo y su influencia en la organización son, hasta el final, inciertos.

La novela construye una atmósfera densa en la que la desconfianza, las medias verdades, los celos de militante y las intrigas políticas, se entrelazan para construir la imagen de Yáñez, de Matarazo y de los obreros que encabezan la huelga, pero sobre todo, para crear una imagen de un sistema político policial en el México de los años cincuenta. Se trata de un poder político con su policía secreta capaz de infiltrar cada rincón del país y de actuar con total impunidad; de un poder político que actúa con la anuencia y la complicidad de la burocracia y la temerosa clase media, hundida en sus aspiraciones y carencias, que vive esperando los fines de semana para poder ir a los cines y neverías de moda. Es una atmósfera creada a partir de un tono intimista y la mirada ingenua de Eugenio Yáñez, un hombre abúlico, tocado por la desgracia desde una edad temprana y quien había aceptado vivir sin tomar ningún tipo de decisiones. La imagen que éste se crea de Matarazo, la imagen que el lector va construyendo a través de su mirada, es el hilo conductor para recorrer los laberintos del poder irracional y avasallador de sistema político autoritario. La imagen de Eugenio Yáñez esperando en su departamento la llamada Matarazo, como si de ella dependiera su vida, resume toda la soledad y la impotencia de un hombre cualquiera esperando que una fuerza exterior lo arranque de su indefinición.

Elena Garro, esa figura tantas veces inmersa en la polémica y últimamente tan retomada por los cultural studies, nos entrega una novela de la que poco se ha dicho, una novela cuyas virtudes literarias estriban no en su experimentación como en su ritmo y tensión narrativa, en capacidad para recrear el reducido mundo de un hombre terriblemente gris y, a partir de ahí proyectar un universo exterior amplio y complejo que apenas se deja adivinar, en un sentido inverso a la mirada de la novela que busca ser abarcadora para mostrar la complejidad del engranaje político.

Garro, Elena. Y Matarazo no llamó. México, Grijalvo, 1991.

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